He penetrado en ese laberinto, ciento de veces, en mis sueños y en mis pensamientos, que asemejaba las paredes de un viejo castillo, medieval amurallado de gruesos y abovedados muros. Siempre llevado por el capricho, el azar, ò la magia del deseo, pero siempre con la misma constancia de servidumbre, y la misma dócil obediencia de sacerdocio, me recibió, el mismo cálido silencio, y una misma dulce temperancia, con una tangible fragilidad de algo que se nos asoma, definitivo y eterno.
Todo flotaba en su divino espacio, en aquellas habitaciones, nada pesaba; la materia se volvía etérea, los muebles se hacían difusos y tenues como el tul, ò la niebla. Allí el fragor de la vida, dejaba de latir, por un instante, detenida por el silencio. Allí mi asombro se habituaba a sí mismo, y quedaba preso en la eternidad de su mirada cándida. La vida se me hacia ejemplar, ausente el juicio, solo quedaba espacio para los gestos, las caricias, el deseo, y su cansancio, y luego, el dolor del placer, que como un tropel, que en su detenida instancia, se asomara a la vida, cesaban los ladridos y se aquietaba la brisa.
Un rayo de luz cruzó una tarde el recóndito recinto sombreado, revelando nuestros cuerpos, Desnudos y unidos, estábamos solos, convertidos en ausencia, en paz reconciliada, era como sí el espacio el tiempo y la luz, convertidas en una tímida brisa, nos ligara a la eternidad, era una comunión, luego la despedida, nuestra separación primero imperceptible, luego nos íbamos devolviendo lenta y suavemente al fragor de lo cotidiano, y mientras el tiempo estaba todavía, por un momento detenido ella extendía con suavidad su mano, de largos y exquisitos dedos, me entregaba su dulce y cálida sonrisa, con su adiós. Ausente escuchaba aun, su melodiosa voz, suave y afectuosa, nada más alejado de su carácter, que la altisonancia en su voz, incapaz de un grito, y de nada que perturbara el orden de las cosas en el universo. Todo su espacio estaba dentro de su tiempo, nada que en ella no encontrara su nobleza mezclada con la materia.
Al traspasar su mágico mundo de ladrillos y barro, de Luna y cal, de barandales de caoba, de cemento sobado, de hermosos techos antiguos, de caña pulida con diminutos ventanales, que daban a torreones de silencio y que descubrían, hacia un bello abrevadero colonial, donde yo como un antiguo viajero extraviado sacié mi sed, y encontré un día el remanso, el sosiego, la paz y la tranquilidad. Así era su espacio que también era su tiempo silencioso, de sueños deslumbrantes, y de una realidad mágica, dueños del Arcano. Nada en ese mundo, que delatara duda o indiferencia, testigo el tiempo, que se movía entre la sensualidad y la pureza, siempre rotunda, hermosa y cálida, entera, fraterna y total. Crecida como el universo que la cobijaba de un tiempo sin limites hacia algún horizonte que había cruzado ya la eternidad.
Toda su presencia era enigma, misterio, soledad. Su rostro, largo de pómulos, y finos rasgos asiáticos, bello hasta la seducción, se me repetía como en una cámara de espejos de feria en mi mente. Mujer de exuberante hermosura, y generosa desnudez, tocada alguna vez solamente con un sombrero, me hacía recordar los impresionistas lienzos de Sesanne o de Renoir. O aun cubierta solo de velos y de tules, ò sentada en la levedad de una hamaca, ò tendida sobre el frágil equilibrio de su entrega.
Figura solitaria, dotada de una dignidad única intransferible, definitiva.
Ni un gesto, ni un grito, nada que perturbara la dimensión de su inmensa eternidad. Una perfecta comunión, entre belleza y bondad, entre dignidad y vida. De caminar hermoso y pausado, entre los olores de su mundo, de Caoba, Algarrobo y Caña brava, de césped regado por fina llovizna de límpida madrugada, que alguna vez penetrara, através de los grandes ventanales, desde donde, a veces la observé, en un patio central de ladrillos geométricos, caminando ò apoyada en un barandal de bronce, que hacia como de línea, que cubre el espacio de su mínimo horizonte.
Joven; Pero parecía tener la edad del universo, por enigmática, por su hermosura, por su silencio por su misteriosa soledad.
¿De donde vino un día? Porque su pensamiento parecía haber sido recogido en el dolor de un viaje de ida, o de huida. A veces se asomaba a la vida, en un inmenso portón de madera, y oteaba en la lejanía del paisaje, algo que se pareciera a su antiguo, lejano y enigmático mundo, tal vez perdido para siempre, en la inmensa lejania del tiempo.
Solemne, sensual, majestuosa, hembra colosal, de hermosa melena que caía, como cascada roja, desbordada. Y aun cuando tapada apenas por un chal, que le cubría los hombros y dejaba sus hermosos pechos al desnudo, sonriendo al enigma de su grandeza, y reclamando para su figura, algún altar Griego o Persa, ya perdido para siempre, en nuestra época de incredulidad.
Siempre femenina, aun en la hamaca sentada, con sus piernas cruzadas, entregada al Universo, como la Luna resplandeciente. Su figura condensaba, sus propios rasgos orientales de nómada errante, de enamorada de la Luz y de los colores del trópico, que se sumó a la vida implacable, que se subyugó a la irreductible voluntad de la belleza, que trató de alcanzar la ferocidad de la perfección, de lo que hacia y de lo que creía. De mirada afable Sencilla, que decidió refugiarse un día, en las ruinas de mi Pequeño Mundo, donde yo la descubrí, entre los escombros, una tarde de estío, y tal vez donde pensó crear un mundo deslumbrante, para que al final de su jornada poder entregar el testimonio, de su estadía en este planeta. Pero al final fui yo, quien finalmente terminó apresado a ella, detenido en el tiempo eternamente.
¿Porque habrá huido de su mundo?, ¿Tal vez los horrores vergonzosos de la guerra?.
Creo que llegò la hora, de rendirle un honroso y merecido tributo.
Dedicado con todo cariño a: Helena Andersen
ISILO
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