sábado, 23 de julio de 2011

PRAGA

Cierta noche tuve un extraño y angustioso sueño, donde me vi transportado a una lejana, extraña, oscura, y antigua ciudad, que no logré reconocer de inmediato.
Me detuve sobre un puente con muchos arcos milenarios, y a la sombra de un inmenso palacio, donde una voz bien timbrada de mujer, me dijo; “Esto es Praga, este Rió es el Moldava, y aquel es el palacio de los reyes. En un futuro tu veras lo cambios, y es por eso que te he traído de tan lejos"
Durante mi casi olvidada estadía en Praga, en los finales de la década de los años cincuentas, cuando fui invitado a que representara, a los jóvenes de mi país, al Festival Mundial de la Juventud, peregriné una y otra vez por todas sus mas ancianas calles en busca de……¿de que?.. ¿De lo que quedó atrás?, en el sin fin de las guerras que quisieron borrarla, ó del elocuente silencio plegado en sus arcaicos edificios, templos, sinagogas, e iglesias; escenarios de tantas voces, y de tantos rostros longevos, de mujeres, de hombres, y de ancianos con caras de viejos sabios, y también de algunos pequeñines que retozaban en algún lugar, y que hoy solamente puedo distinguirlos en mis recuerdos, haciendo un gran esfuerzo, cerrando y apretando fuertemente mis ojos.
Fui sacudido por un tiempo que ha ido pulverizando la memoria de las piedras, la memoria de los huesos, la memoria de los sueños ajenos, y de los míos propios también. El aire guarda apenas un poco de aquel antiguo delirio místico, que solía andar por aquellas calles legendarias.
Ya cansado de tanto andar me senté en la mesa, de un igualmente vetusto Café. Luego se apagaron las luces y se encendieron unas lúgubres luminarias de candelabros, y un joven violín dejó oír su conmovedora, solitaria, y desmayada voz como un lamento, gradualmente y como salidos de entre la sombras, otros dos acompañantes no tan jóvenes, se van arrimando el uno al otro, uno es un viejo acordeón, y el otro un formidable contrabajo, y se le juntan al violín, y luego el aire se fue llenando con joyas muy endebles, pero de muy agradables melodías, de gozosas tristezas febriles, de un insondable sabor que de inmediato se me hicieron familiares. Melodías de plata vieja, de peltre sonoro, y maderas emocionadas. Los sonidos de los instrumentos musicales, se comportan muchas veces, como los animales muy ariscos, suenan a las aguas claras, cantan a las aguas oscuras, se van volando como la aves, o saltan por las ramas, cuentan todos los dolores del mundo y también sus pequeñas alegrías, en ese ir y venir de los arcos del violín, sobre las rígidas cuerdas. De repente se oye una voz gutural que se apodera del aire, acompañado por el extraño, y mágico canto, de ese pájaro Gitano que es el violín, con ese suave gemir que acaricia la piel, la tensa, y luego se mete debajo de ella, hablando de las ruinas luminosas, y heroicas y del afectuoso y entrañable polvo con que se hizo la ciudad, que luego se hizo barro en otras ciudades y en otros tiempos, de ayer nada mas, aquí mismo, en este mismo sitio.
Cuando se apaga la música viva, con tan solo trasponer la puerta trasera del Café, nos transportamos a otro mundo mágico lejano, a otro país que está detras de la puerta del café, solo una raya en el piso, ese es otro mundo maravilloso que envuelve toda nuestra humanidad, es un maltrecho y antiguo pueblo, el que alguna vez fue la amurallada Ciudad de Kazimierz, fundada por el rey Casimiro el Grande, en el año 335, Ahora convertido en un pequeño y arrimado barrio vecino al casco de la anciana Cracovia, hoy se ha integrado a la ciudad.
Pese a la desdicha en que hemos vivido durante todos estos años, pese a la angustia, al dolor, al miedo incólume, pese a tantas profecías desalentadoras, y pese al mal entendido presagio que lo adorna, que no habrá más poesía después de la muerte. Aun así mi palabra seguirá rondando la memoria, redimensionando la tragedia, y acariciando los recuerdos. Siempre habremos escritores que retornaremos a mirar la muerte a la cara, para exorcizar esos demonios, propios ó ajenos, y a presentar batalla, a ganarlas ó a perderlas, contra ese robusto andamiaje del tiempo.

Estas humildes páginas son un pequeño testimonio de ello.

Isilo

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